Cuando ganar se vuelve una obsesión en casa
Todos tenemos niños que aman ganar. Pero ¿qué hacer cuando parece que ganar es lo único que importa? Yo he estado ahí: el niño que hace un berrinche cuando pierde una partida de cartas, que deja de jugar con amigos porque “ya no quiere perder”, o que compara constantemente sus resultados con los de los demás. No es que sean malos; muchas veces es ansiedad mezclada con ganas de destacar.
Un ejemplo real
La tarde del parchís que acabó en llanto
Insisto: esto pasó en mi casa. Era domingo, tres hijos, una caja de parchís y muchas ganas de merienda. A mitad de juego, Álvaro (7 años) tiró el dado, no salió lo que quería y dio un portazo. Lloró, gritó que nadie le quería dejar ganar y se fue a su cuarto. Se quejó de que en el cole nadie le dejaba “ser el mejor”. No fue el fin del mundo, pero sí una buena llamada de atención.
Estrategias prácticas que funcionan
Lo que sigue son cosas concretas que he probado en semanas y meses, no teorías en un papel. Son imperfectas, funcionan la mayoría de las veces y me permiten mantener la calma (eso ayuda muchísimo).
Antes del juego: enmarca la actividad
- Di el objetivo en voz alta: “Vamos a divertirnos/practicar/ayudar a los demás a mejorar”.
- Establece reglas simples y claras que no siempre favorezcan al mismo.
- Ofrece roles: a veces ganar no es el único rol divertido (contar la historia del juego, ser el árbitro, elegir la música).
Durante la partida: pequeñas intervenciones
- Si viene la rabieta, respira. No cedas al primer grito: puedes pausar el juego dos minutos.
- Usa elogios específicos: “Me gustó cómo esperaste tu turno” en lugar de “qué buen chico”.
- Introduce micro-retos no competitivos, por ejemplo, ver cuántas jugadas creativas puede hacer cada uno.
Después del juego: conversarlo sin sermones
- Pregunta: “¿Qué te gustó hoy? ¿Qué fue difícil?”
- Si perdió, refrasea: “Vaya, eso fue frustrante. ¿Qué hiciste la próxima vez que te tocó?”
- Ofrece una alternativa: “Hoy no salió, mañana vamos a practicar esto juntos.”
Checklist rápido para una tarde menos tensa
- Recordar el objetivo (diversión, aprender, compartir).
- Limitar apuestas o recompensas que hacen todo más serio.
- Pausas programadas para desactivar el dramatismo.
- Elogiar el esfuerzo con ejemplos concretos.
- Enseñar a aceptar pequeñas pérdidas con rutinas: respirar, decir “bien jugado”.
Errores comunes — y por qué no funcionan
Me he descubierto cometiendo varios de estos hasta que quise hacerlo diferente. Compartirlos te ahorra tiempo.
- Trivializar sus sentimientos: decir “no llores, no fue para tanto” suele aumentar la rabia.
- Comprar la calma con premio inmediato: si le das un dulce para que deje de llorar, aprende a negociar hasta obtener recompensas.
- Ser juez parcial: fingir que el juego no fue justo para evitar el conflicto solo enseña que las reglas se pueden manipular.
Cuando es normal (y temporal)
Hay etapas donde competir es natural. Entre 5 y 9 años muchos niños se comparan mucho porque están construyendo su autoestima. Pubertad trae su propio tipo de competitividad social. No significa que algo esté “roto”. Con paciencia y prácticas repetidas, suele suavizarse.
Si ves que el comportamiento no mejora con límites coherentes o afecta amistades y autoestima, sí conviene hablar con un profesional. Pero la mayoría de las veces son picos de desarrollo que se calman.
Una observación honesta que nadie te dice
Los niños convierten ganar en identidad cuando sienten que su valor depende de eso. Y lo aprenden por lo que ven: si los adultos aplauden victorias exageradas o humillan derrotas, el mensaje es claro. Cambiar tu reacción cambia mucho su mapa emocional.
“Hace meses dejé de decir ‘qué feliz me haces cuando ganas’ y empecé a decir ‘me encanta verte intentando’. No arregló todo de golpe, pero la tensión de las partidas bajó un montón.”
Esto me ayudó — una táctica sencilla
Cuando las rabietas empiezan, uso algo que llamo la pausa de tres respiraciones: le pido al niño que respire conmigo tres veces y que me cuente una cosa buena del juego, aunque sea pequeña. Suena simple, pero muchas veces desactiva el impulso de seguir gritando. Esto suele funcionar en casa más de la mitad del tiempo.
Pequeños permisos que también cuentan
No todo debe ser corregido. Es válido permitir competitividad sana: inscribirlos en equipos, celebrar logros deportivos o académicos. La idea no es aplanar la ambición, sino enseñarle a manejar la frustración cuando las cosas no salen.
Para terminar (sin frases hechas)
No vas a convertir a tu hijo en un santo de la paciencia de la noche a la mañana. Pero con rutinas, frases concretas y una o dos estrategias repetidas, se aprende a perder sin drama y a ganar sin creerse invencible. Mantén expectativas realistas, respira cuando todo parezca una montaña rusa, y recuerda: tú también tendrás días en que reaccionas mal. Eso está bien; lo importante es lo que haces después.